Dos en uno

Él tenía 20 años y yo muchos más. Entre idas y venidas nos perdimos. Un día después de habernos engañado hasta el cansancio, y también de habernos engañado a nosotros mismos decidimos casi de mutuo acuerdo dejarnos ir.
Recuerdo esa noche, luego de la separación, perfectamente. Salí emocionado de mi apartamento, que ahora se convertiría en uno de soltero. Me coloqué mis pantalones ajustados de jean, y mi camisa de flores verdes y amarillas. Quería verme radiante, fresco y jóven. Por eso me coloqué esta loción barata olor a limón que él me había regalado en mi cumpleaños pasado. Me sentía exquisito.
Me fui a ver un musical en el cine. Nada más anticuado que eso, pero era lo que me provocaba en ese momento. Me dirigí al cine Astro de la calle Pineda. Me encantaba ese lugar; sórdido y sin una gota de vergüenza. Me senté en mi butaca de siempre, y con toda la antimagia de ese lugar se creaba el ambiente idóneo para ver una buena película. Esa noche pasaban los Paraguas de Cherburgo. Una de mis favoritas.
No había pasado ni cinco minutos cuando un chico se me acercó, notablemente más jóven que yo, y me informó que quería hacerme sexo oral. Yo asentí, y me bajé el cierre.
A continuación, la mamada de verga más increíble de mi historia – ¿Qué les darán de comer a estos chicos de hoy?- pensé, obviamente, luego del coito.  Él esperaba no sé si dinero o sexo a cambio, pero le sonreí, y miré toda mi película tranquilo y relajado. No le volví a dirigir la mirada en toda la proyección de la película.
Cuando salí del cine, pasé por una de las mejores cervecerias de la ciudad y me tomé dos Ipas bien frías, al principio tuve ganas de comer, pero se diluyeron las ganas con esa sensación apacible del inicio de la soltura post alchohol. Bailé un par de piezas, solo. Ese lugar no era para bailar, pero igual lo hice. Y fue liberador, aparte que siempre me ha encantado ser el centro de atención.
Sin consciencia de a dónde me dirigia y sin poderlo evitar fui al lugar donde mi madre nos llevaba a comer los domingos en la mañana cuando éramos niños. Lo que no sabía es que trabajaban 24hrs ¡Cómo han cambiado los tiempos! Allí, me pedí unas tostadas con huevos revueltos y un gran batido de banana, fresa y naranja. Todo estaba de rechupete.
Ya eran las seis de la mañana, decidí  ir a casa. Esta vez me decidí hacerlo caminando. ¡Me encantó! Redescubrí lugares perdidos en mi memoria. Fue una experiencia fantástica. Es como si toda mi vida pasara ante mis ojos. Y allí fue cuando lo sentí venir.
A partir de este momento, ese pensamiento no se separó de mi. Seguimos caminando por unas cuantas cuadras más. Y juntos llegamos a la entrada del edificio de mi nuevo apartamento de soltero.
Subí por el ascensor, toda la emoción del mundo jamás permitirian que suba 11 pisos por las escaleras. Abrí la puerta, y vi que no había rastro de él. Parecía que jamás él hubise estado allí. Entonces, lo medité por un segundo, no por miedo sino por practicidad. Abrí la ventana y se podía ver una vista  hermosa; estaba a punto de amanecer. Respiré hondo, y me dije – Ésto serían dos sueños por cumplir en uno-.
Y lo hice. Me lancé de mi balcón.
Agradecimiento especial – Esta historia surgió y se materializó dentro de mi grupo de escritura Escribe Conmigo.

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