Escribe Conmigo – Cascabel

Durante un mes y medio estaré posteando las historias que escriba dentro de mi grupo de escritura Escribe Conmigo. El desafio consiste en intercambiar escritos de lunes a viernes con un compañero que cambia cada semana. Este compañero te dará un devolución sobre el escrito, y tú a él. Los organizadores te proveen de un disparador que puedes usarlo o no. El del día de hoy fue: Cascabel.

Sonaba la campanita. Y yo podía visualizar mis manos abriendo el cierre de lo que parecía un gabán. Era negro, pero como gastado. Al tacto no era suave como se puediese esperar de una prenda de vestir, por el contrario era duro como un casco de motocicleta, de este matrial plástico que ahora olvidé el nombre. Esto no afectaba el buen funcionamiento del cierre, que bajó suavemente entre mis dedos indice y pulgar.
Al abrilo pude darme cuenta que era más grande de lo que esperaba. De hecho, yo podía de pie entrar allí sin ningún problema. Así que lo hice. Entré.
Mi primera sensación fue que tenía frío, no es de sorprenderse allí dentro una nevada tomerntosa estaba ocurriendo. El torbellino de frío despeinaba mis cabellos. A veces parecía que el mismo viento me hacía heridas de navaja en el cuerpo; podía verlas en mis brazos y pecho al andar. Yo seguí caminando, sin importar la violencia del viento. Caminar allí dentro se hacía pesado. Cada vez que daba un paso, me hundía varios centimetros, y sacar mis piens me resultaba a veces imposible por lo pegajoso del suelo. Pero yo seguí caminando. Habían varias advertencias de que parara, que era peligroso caminar por allí. Yo las ignoré. Parecía que sabía lo que estaba haciendo.
Inesperadamente, estaba subiendo una colina que luego descubrí era una montaña bastante empinada y de a ratos peligrosa. No existia un camino, yo lo hacía al caminar por ella. Obviamente, mi respiración se vio afectada: cada vez era más dolorosa y entrecortada. Mi corazón latía con bastente fuerza, pero nunca pensé en detenerme. Continué.
El camino no se hizo más fácil, y las condiciones ambientales tampoco. Mis dedos se hicieron azules, y los pies me ardian de todas las yagas que tenían. Podía sentir como los zapatos rozaban la  carne viva, y esa fricción incentivaba el cosquilleo en la espalda baja y en la boca del estómago. Caminé con más prisa.
Faltaba poco para llegar a la cima, y yo casi desfallecía. Me ahogaba por el poco oxigeno que ingresaba a mis pulmones, tenía arcadas de la migraña que adolecia mi cabeza, escuché mis dientes rechinar un poco, y mis ojos estaban nublados totalmente. Mi espalda estaba encorbada por el frío, y por sostenerme en estas condiciones tan incomodas y dolorosas. No contaba ya con mucha fuerza.
En un momento dado me resbalé, y caí cuatro metros en caida libre: mis costillas sufrieron la consecuencia, pero seguí.
Estaba sangrando, ahora no sólo en el lugar directamente afecta sino también por mi boca. Era de un rojo oscuro, como amargo. Seguí.
Como pude, estaba a paso de la cima. Lo pude visualizar.
Luego, el sonido de la campana me hizo volver. Seguía sentada en el mismo divan con esa señora.

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