Escribe Conmigo – Abordaje

Durante un mes y medio estaré posteando las historias que escriba dentro de mi grupo de escritura Escribe Conmigo. El desafio consiste en intercambiar escritos de lunes a viernes con un compañero que cambia cada semana. Este compañero te dará un devolución sobre el escrito, y tú a él. Los organizadores te proveen de un disparador que puedes usarlo o no. El del día de hoy fue: Abordaje.


Mi abuela me contó una historia que le pasó en su juventud. Cuando me lo contó no pude creer que fuese ella la protagonista; me pareció surreal.
Mi abuelita me contó que ella vivió durante su juventud en una ciudad que daba al Oceano Pacifico, ahora no puedo recordar el nombre del lugar. Pero si recuerdo que era una ciudad costera. Ella me dijo  que a ella le encantaba vivir ahí. Siempre comía pescado recien salido del mar con una birra bien fría, a escondidas de sus padres. Me contó que en sus años de juventud una peste se acercó al país que ella consideraba su hogar, y pasaron muchas cosas (demasiadas diría yo).
Ella la llamó la peste psíquica, la peste de medios, la peste que los quebró y que los hizo recordar que el fascismo está en donde lo dejemos entrar. La verdad es que yo no entendí lo que me quiso decir.
Ella me dijo que cada vez que salias de casa, debías  rendir cuentas de tu destino a las autoridades; en la tv y en las redes sociales todos decían que quedarse en casa era lo mejor (#quedateencasa). Y así hacían. Que lo mejor que podían hacer las empresas era utilizar la modalidad de trabajo remoto.
Mi abuela me dijo que empezó a sufrir de delirios, que en un punto dejó de tratar de recodar el paso del tiempo, y le temía al dolor físico, pero la verdad es que le temía a esa enfermedad de la que todos hablaban. Se decía que miles morían. Ella ahora me dice que no comprende cómo le pudo tener tanto miedo a un microorganismo. Antes de él, muchos morían, pero eran personas en situación de pobreza. Nadie hizo tanto alboroto.
Ahora morían todos…capaz por eso hicieron algo.
Luego de un tiempo, pude notar a mi abuela contando su historia, y ese tic extraño cuando decía el nombre del virus. Esta hacía un movimiento extraño con su columna, parecía que algo le incomodaba, era muy sutil, pero allí estaba.
Un día, me contó, ella tuvo que comprar algunas cosas en el supermercado que era al único lugar al que podías ir porque su padre tuvo un problema en su trabajo, y vio bultos en las calles. Ella no sabía de qué se trataba todo eso. Un día simplemente aparecieron esos bultos envueltos por bolsas o sábanas de colores. La gente no se inmutaba ante ellos. Les parecian corrientes. Mi abuela me confesó que ella tenía varias semanas sin salir de casa así que vio todo muy diferente, pero para los pocos que estaban afuera era muy corriente ver  esos bultos allí.
Mientras volvía a casa, luego de hacer las compras, estaba tratando de no toparse con nadie en el camino, el distancimiento social aparentemente era la solución al problema. Ella no se percató que uno de los bultos estaba en la acera por la que ella caminaba, resbaló y terminó en el suelo. Cuando se levantaba toco al bulto, y se escandalizó. El bulto en el suelo era una persona. Lo supo porque al caer desgarró un poco la bolsa que lo envolvía. Ella no lo podía creer. Lo que vivía era una guerra, que definitivamente estaban perdiendo. No pudo dormir por muchos días pensando en todos lo muertos que estaban allí, en la calle. Tuvo miedo.
Luego, se dijo que tenía que salir más a la calle. Nada detendría al virus, ni siquiera un montón de humanos presos en sus paredes.

 

Foto por Tortugavispada

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