Patria, nacionalismo y otros menesteres

Yo nací en este lugar. Y para mi fue como respirar; sucede y ni me di cuenta. La verdad es que nunca vino a mi cabeza “soy tal” “ vengo de tal” “me considero tal”. En este lugar no hay estas diferenciaciones. Aparentemente, a todos nos vale a mierda de dónde somos. Hasta que una profesora de historia hizo una pregunta “¿Qué significa ser (inserte la nacionalidad que ud. considere)?” Yo por ser muy tímida no dije absolutamente nada, pero aunque hubiese sido, en mi adolescencia, una persona extrovertida, no habria sabido qué decir. Puedo recordar muchos de los adjetivos usados por mis compañeros de clase, y al parecer ellos la tenían muy clara; salían de sus labios uno tras otro sin reparo. Nuestra cultura no sólo aupaba la sinvergüenzura sino que la veneraba: somos personas flojas, donde el placer está primero que la responsabilidad, echadores de vaina, con la percepción de que nada es serio porque en el fondo sentimos que no somos serios, y por supuesto, borrachos. Probablemente, si hoy estuviéramos reunidos,y la misma profesora nos hiciese la misma pregunta yo no me quedaría callada como declaración,y ellos enfatizarían otros aspectos de nuestra personalidad colectiva. Ojalá tengamos esa oportunidad. Sea como fuere, nadie con dos dedos de frente hubiese querido sentirse identificado con esos valores. O eso me pareció a mi. Esa descripción recogió aspectos que,  quizá, representan la mitad de la verdad.

Entonces, yo decidí que no pertenecía . Me cree toda esta excusa, o como diríamos en criollo, este mojón mental que era superior: quería subir por la puerta delantera del bus, y bajar por la trasera, quería darle el puesto al señor mayor, la embarazada o discapacitado, quería que el bus estuviese a la hora que indica el horario, para llegar 12 minutos después  a mi destino. En fin, quería el desarrollo; lo que merecía.

Como es esperado, me fui a estudiar otro idioma en otro lugar, porque para triunfar hay que saber inglés. Por más ilógico que parezca, yo no fui quien quiso irse. Mi padre sembró esa necesidad en mi, y la regó y la regó hasta que se convirtió en algo que anhelaba. Me fui. Y me transformé en otra persona. O eso me pareció a mi. El mundo cambió de tamaño. Todo es más grande y tú eres menos. Significas, pero ya no tanto. Me sentí como que pertenecía a una realidad más grande que yo.

La pasé buenísimo, disfruté todas esas fiestas que ahora las describiría como hipster, y por demás aprecié que el bus estuviese a las 6:17am para dejarme en mi destino a las 6:29am. Amé la facilidad de andar, ese aire de independencia que tenía. Yo me sentía todo y nada al mismo tiempo. Tenía estos amigos de todas partes del mundo; japonesas que odiaban los selfies, saudíes y kuwaitíes que adoraban el frío, y uno que otro gringo con ojos tiernos. Lo que sí, es como extrañé abrazar a alguien. El estereotipo calzaba; era la latina de caderas anchas, “apasionada”, con ganas de “tocar” al otro. Entonces me decían “latina” por no decirme puta. Así nací (nacimos.) Yo extrañaba a mi mamá, a mi papá y abrazar a las personas. Pero como no todo es malo recibí a cambio bastantes “Hey gal, nice pants”, “That’s hair!”, “Sista, you’re nice” (It wasn’t the same, but…)

Y regresé. Mi realidad me asfixio. Todo parecía más sucio, todo parecía menos libre. Ya no tenía small talks en la calle si no más bien gente que quería conversar; que te miraba a los ojos y te tocaba, y te tocaba ¡Eso me hizo sentir que ya estaba en casa! Pero la independencia se había marchado. Y más poderosa era la tristeza de perderla que la felicidad de socializar con personas como yo estaba acostumbrada. Eso sí tiene esta tierra, tú te sientes que no eres libre, si no es tu familia, es el amante, o el gobierno, la universidad. Siempre sientes que algo frena tu libertad. Hasta los semáforos parecen hacerte esclavo de un lugar sin razón alguna. Es como si todo fuese ridículo, sin sentido común. Y es bien paradójico porque todos los extranjeros te dirían que ellos aquí se sienten mucho más libre. No es por nada, pero hacer lo que te da la gana no es sinónimo de libertad, pero cada quien bien la realidad (su vaina) como quiere.

Me sentía horrible: fallando y fracasando. Y para mal de males, empezó esta nueva forma de protesta en donde no podías trabajar, ni salir de casa a menos que quisieras protestar obviamente. Las protestas eran para reclamar al gobierno su ineficiencia y, si me permites decirlo, nuestra negligencia. Yo he sido criada en una familia donde el trabajo forma parte de tu personalidad. El trabajo eres tú, y te dignifica, te aproxima a ser quien quieres ser, en fin es bien importante trabajar, sentirte útil y proveer. Y de nuevo yo me sentía fallando. Odiaba ese trabajo de pacotilla, no me sentía útil, y tenía esa sensación de que todos mis sueños nunca serían nada si no un sueño. Puedo recordarme siendo amarga y triste. Como era jóven, toda la culpa la tenía el ambiente. Y odiaba el lugar, le tenía rabia a las aceras que no comprendían mi preocupación. Odiaba al barrendero que me recordaba que jamás este lugar sería justo, me fastidiaba el calor porque me recordaba que seguía tan subdesarrollada como antes. Nada había pasado, a pesar que yo me sentía tan diferente y distante de esta cultura. Estaba irritada con mi alrededor, le culpaba de mi desdicha.

Me fui por segunda vez. Esta vez a enseñar ese inglés que aprendí en el norte. Y a pesar que todo se parecía, todo era muy diferente. Si tu decías una palabra en lo que yo pensaba que era español, los otros no comprendían que querías decir o dijiste algo que para ese lugar era una grosería. La pobreza y la miseria estaban allí. Las calles sucias estaban allí. Pero aquí yo me sentía libre. Con un frío hijo e’ madre, pero libre. Fui a mi nuevo trabajo: colegios públicos con estos chiquitos con exceso de ganas de vivir. Y yo pude sentirlos. Amé enseñarlos. Amé estar allí para ellos, y por supuesto nos divertirnos. Amé que me enseñaran a bailar champeta, y yo les enseñé como se saludaba en inglés. Ya yo sabía que quería hacer de esta vida, ya había probado tantas frutas nuevas y estaba tan emocionada porque en los autobuses se subían personas a vender chucherias muy convenientemente. Y probé por primera vez en mi historia el mango con limón en las calles. Habían trazos muy sinceros y divertidos en la cultura popular.

Yo les expresaba a todos mi felicidad por ese descubrimiento, y todos me dijeron que era una sifrina. Y aquí fui entendiendo mi privilegio. Conocí cosas importantes en este lugar primero que en donde nací: la calle, y con ella la gente real. Y para este momento yo ya tenía el mejor y el peor de cada cosa: Aquí las frutas son mejores, allá el cielo no tiene comparación, aquí el servicio al cliente es mejor, allá las playas no tienen padrote, aquí el transporte público es inhumano, allá el transporte público es inhumano, acá me siento más segura, allá me han robado tantas veces que es una rutina, acá son mejor los festivos, allá la comida es de buena calidad. Mi mirada era binaria; sólo tenía dos etiquetas: bueno o malo ¡Que pobreza de mirada!

Y ya no extrañaba sólo el abrazo porque allí también lo había. Echaba de menos un no sé qué que contemplaba desde el hablar, el mirar, los puntos de vista, hasta el andar de la gente. No se trataba de una arepa porque a mi eso no me gusta (y que me disculpe quien me tenga que disculpar.) No es la ida para la playa todos los fines, no era escuchar Bonchona 107.1 FM, era otra cosa. Yo no comprendía. Añoraba algo más que no se explicaba así simple o fácil: con cosas materiales o con una sola palabra. Tenía que hablar y hablar por horas a ver si alguien podía comprenderme.

Una amiga fue a donde yo estaba a pasear, y me trajo unos snacks que yo pedí. Un peo, un chocolate, un refresco una cosita especial, y cuando los comí yo me sentía emocionada pero triste, y conocí la melancolía. La verdad es que no. No la descubrí ahí, sólo allí supe el nombre. Y mientras tanto yo iba para acá, iba para allá en esa ciudad hermosa en la que viví. Su altitud me desmallaba la respiración, y hasta flaquita me puse, pero eso fue porque uno come mal cuando se va de la tierrita caliente. No es por nada, pero uno como come de rico en la tierrita.

Y volví. Esta vez era por algo en específico. Porque la verdad la vaina cada vez estaba más jodida. O por lo menos yo lo noté así. Ya la falta de libertad no sólo se refería a cositas como mala gestión, o falta de planificación, la vaina ya llegaba a falta este alimento, no hay esta medicina, traeme este producto. Y ni sueñes con tu marca favorita; eso ya se había acabado hace rato. Y bueno el factor número uno de que todo fuese un caos: la inseguridad desgraciada. A las siete de la noche todos debíamos volver a nuestro refugio porque salían los antisociales más descaradamente que en el día. Todo era una paranoia, todo era un estrés constante, todo era poco sano. Como me recordé de ese primer concepto que mis compañeros y yo dimos en esa clase de historia hacía ya 10 años. Pero no había nada como ese almuerzo sabatino. Como la corrida en el parque con mi papá, o la ida a la playa con la familia (sin amigos porque ya todos se fueron como yo hace tiempo.) Nada como los viajes…

Mis planes cambiaron, porque así cambió la situación. Y por tercera vez, me fui. Y aquí descubrí el dolor intenso y recalcitrante. Y el redescubrimiento y reinvención personal. Conceptos como la tranquilidad, la paciencia, también la autodestrucción y el caos (quizá no he superado los conceptos binarios…) también han estado presentes en esta aventura sin sol en la que me he embarcado. La diferencia entre estar solo y sentirse solo…en fin EL trayecto. Y he recordado mi hogar.

Y no es por nada, pero es en este momento cuando considero que amo más lo que significa ser de ese lugar. De nuevo no se trata de una malta, de un pabellón o de las mejores playas del mundo, que si la universidad es pública (y eso como lo extraño), tiene que ver con lo que me he convertido gracias a todo esa inmensidad. Yo tengo la necesidad de decirte coterráneo o no que yo te veo con admiración. Yo todavía no me siento parte de ese gran todo que somos, pero ya no de una posición superior, y para serte sincera, tampoco inferior. Creo que tengo mucho que aprender de esa cultura que se amolda a las circunstancias, de esa necesidad de socializar sin necesidad, de esa mágica forma de echarle bola a la vida sin vergüenza y sin mariqueras. Me encanta esa encantadora forma de mostrarle al mundo lo que somos sin tapujos ni reparos, de esa espontaneidad rica y altiva. Y de esa tropicalidad de la que se me ha acusado, pero ellos no tienen ni idea que es tropicalidad; la picardía de la tierra no tiene nada que ver con lo que yo esparzo por allí o por acá. Ellos necesitan una intervención masiva, para que sepan que es lo que es.

Quizá es la melancolía lo que me hace pensar que somos una gran cultura. Y que como todas las grandes culturas pasamos por momentos jodidos. Aquí está el momento jodido, y aquí sigue estando la gran cultura. Este momento pasará, y seremos recordados como las personas que aman no sólo la Democracia sino la Libertad. No esa que yo buscaba hace cinco años, si no la de verdad. La que se lleva en la cabeza. Porque no importa  cuan subdesarrollados sean nuestros politicuchos, los libres pensadores no creen en izquierda o derecha, no creen en nadie. A partir de ahora sólo creemos en nosotros.

 

PD: Muchas gracias otros lugares por haberme ayudado a amar de donde vengo.

 

Foto de Maria Izaguirre

 

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