Crónicas de una chica que cree en la humanidad: Cuento 1.

Me levantaron muy temprano ese día. No había, todavía, vestigio de la luz del día, y el frío abrazaba todo mi alma. Era Mayo, y por esos días todos estaban en la búsqueda insaciable de dinero  o en su defecto de poder cumplir todos sus promesas de Enero o sueños empobrecidos, ya no estoy segura de la verdad.

Yo era una de esas personas. Madrugué con la idea de ayudar a una amiga para hacer de este mundo un lugar sin pobreza, pero me dormí ese mismo día diciéndome que no hay cosa tan imposible como un mundo de igual  oportunidades para cada uno de sus habitantes, y es que estar en el lugar y momento indicado se le atribuye a la “suerte”; y no lo soporto.

Me preparé en menos de veinte minutos, lista para ir a este especie de evento trascendental para limpiar mi conciencia y apoyar a esta amiga. No había NADIE a la hora acordada, levantarse temprano fue igual de inútil que ir a ese evento, pero si sólo hubiesen visto la sonrisa de mi amiga…

La persona que nos organizaba decidió agruparnos de una manera sexista: los chicos llevan las cajas y las chicas sólo caminan y respiran al mismo tiempo, y así lo hicimos. Todos los hombres llevaron cajas y hasta recibieron uno que otro insulto de este tirano barbudo (y alto, y por demás sexy). Al ver todo este desastre de desorganización y deshumanización decidí tomarmelo con calma; el sentimiento de irrealización volvió y supe que ésta, definitivamente, no era la forma de expiarla.

Estando allá, entonces, me encontré con espacios de Belleza. De esos que no esperas, pero que siempre son una fortuna encontrar: mi primera imagen fue la de un animal (¿Cómo podría ser de otra manera?). Eran cerca de las 6 de la mañana y existía este policía con su animal. La verdad es que la imagen me enterneció, y es que el animal jugaba, se revolcaba y probablemente desobedecía todas las normas de ser un perro policía, pero el señor simplemente con mucha Paciencia (y con P mayúscula porque la paciencia lo merece) trataba de corregirlo, y a veces cuando sentía que la vida no es sólo ser “correcto” lo dejaba explorar no sólo el terreno si no su carácter: las cosas que  lo animaban a continuar y las que no podía controlar. En momentos de locura y conocimiento extremo el policía lo hacía sentar, y el perro lo veía con una devoción casi cristiana (pero a Jesucristo) y me hace pensar en las palabras a las que le ataño tintes religiosos, y que quizá nada tengan que ver con ésta, pero que las usan con frecuencia para apaciguar nuestras mentes.: Compasión, Fe y Misericordia.

No me contuve y cuando nuestro autócrata nos hizo avanzar, yo me acerqué al policía y al perro, obviamente, a  jugar con el perro y hablar con este señor. Y descubrí que el señor era servil y agradable, el perro era joven y amoroso (como todos los que algunas vez fuimos jóvenes), y que el dictador también sentía cosas como yo, que no era una roca y que podía observar con ternura porque me miró de esa forma. Descubrí que nuestro amigo canino tenía sólo 8 meses de edad y que por esa razón quería conocer su mundo exterior con todo ese desenfreno y pasión, y que el señor policía definitivamente lo veía de forma paternal; descubrirlo me hizo sentir que parte de mis sueños estaban realizados,o que no tendría  que trabajar contracorriente para hacerlos posible.

Luego, de  esta experiencia inolvidable continúe por el camino con mi ya arraigado desinterés por el evento: ¡no!, me equivoco no es desinterés por el evento, es desinterés por lo que antes implicaba para mi. Entonces, en unos minutos era la partida de un montón de participantes en búsqueda de la victoria personal de haberlo logrado, y probablemente los más ambiciosos de un reconocimiento en metálico.

Las carreras siempre están caracterizadas por el buen ánimo, y es que vamos a hacer algo que nos gusta, que nos enorgullece y vamos a compartir con personas a las que le gusta y enorgullece lo mismo: ¡No hay pele!

La salida fue un momento importante; un montón de personas agrupadas en pro de conseguir 42 Km o 21  Km, dependiendo de lo que hayas elegido y preparado para correr. Había buen ánimo cuando  sonó el pito: había quienes tomaban todo el impulso para salir, otros que se lo tomaron con calma, y otros se tomaban selfies porque este momento  hay  que recordarlo, y no hay forma más efectiva que posteandolo en alguna de tus redes sociales. Luego de presenciar toda esta euforia y buena actitud, se me contagió y el día automáticamente mejoró.

Nuestro ahora jefe, insultó a alguien “sonso de mierda” porque se le olvidó traer una caja de medallas, lo que me pareció de mal gusto. Continuamos a lo que sería nuestro lugar de trabajo y nos enteramos que entregar medallas era lo que nos acercaba a la igualdad de oportunidades en Lima. Lo chicos seguían organizando las medallas, y la verdad es que hasta ahora no sabía qué mundos iba a ser de mi vida el resto de mañana.

Hasta ahora todo resultaba en plácido comentarios con las otras chicas que estaban tan perdidas como yo, y por supuesto bailando una que otra canción buena que ponían, lo cual era todo un evento porque decidieron poner la música más “cualquier cosa” que se les atravesó por su vida. Comí un par de bananas, y por supuesto me coloqué mi franela morada en la que se leía STAFF muy grande en mi espalda. Y ya sabía qué es lo que era yo para el evento y para sus participantes: la esclavita de quinta a la que no le tenían que pagar porque servía a una causa social a la que ellos le dieron publicidad.

Y entonces salieron los participantes los que corrían 10Km, y comenzó el segundo acto, y en el que yo intervendría. Luego de ésto, todo sucedió muy rápido y casi que sin mi consentimiento: toma ésto, no hagas ésto, haz ésto, no tardes, ponte acá, no acá, más atrás del paso peatonal. Y toda clase de imperativos en donde indiscutiblemente el “por favor” y el “gracias” fueron los invitados que no llegaron; ser voluntario es una acto ciego, sordo y mudo, estás pero no importas.

Nuestro tirano fue amable al decirme que si me podría colocar en lugar que me correspondía, y aparte me preguntó, como para dar pistas de que era humano, que de dónde era ya que mi acento no es definitivamente el de acá:le respondí mi nacionalidad y percibí el esbozo de una sonrisa, pero la verdad no sabría decir si fue producto de mis fantasías. Me coloqué en mi lugar, y lo vi alejarse.

Ya todas estando en posición empezó la diversión. El primer participante llegó después de la primera hora,  y él desencadenó, primero moderadamente, y luego con mucha más fuerza la afluencia de personas. A medida que pasaba el tiempo me contagiaba de la alegría y buenas “vibras” de las personas. Sentí su adrenalina, que luego fue mía. Y allí fue cuando escuché el marco de toda esta escena: el choque entre las medallas. Cada vez que nos movíamos las medallas lo hacían con nosotras, y fue super especial. Ahora que lo pienso eran aplausos, y es que tiene sentido: 8000 personas llegando de haber un esfuerzo físico y mental, y nosotras  con nuestras sonrisas y felicitaciones; las medallas como no podía hablar aplaudían a su manera: no podía ser de otra forma.

Me sentí muy afortunada de poder compartir una mirada, un selfie o un abrazo o unas pocas palabras con las personas que lograron su meta, o por lo menos esa meta de un día. O esa emoción de meta. No hay nada que me regocije más que el hecho de ver a alguien realizado. Es como si su postura, su mirada todo eso que comunica en silencio gritara muy fuerte ¡LO HE LOGRADO!,  sin decir ni una sola palabra.

El final de la jornada fue también épico. Nos marchamos, sin dejar rastro como buenos voluntarios que somos: sin pretensiones de escuchar un “buen trabajo”, o “gracias chicos”, pero con la esperanza de que haya ayudado a reducir la pobreza en el Perú. Nuestra naturaleza violenta, también tiene matices de empatía y solidaridad y nos conmueve la vida, la creación de cosas.

No sé si esto ayudó a disminuir la pobreza en el Perú, pero descubrí que puedo sentir a los demás, que sus emociones, ya sean momentáneas, me afectan. Y me gusta que me afecten porque significa que estaba viviendo ese momento y no había nada que distrajera mi mente. Estar concentrada, y creo que la palabra que más cabe es atenta a lo que sucede a mi alrededor. Al final esto, como la mayoría de la experiencias, nace de mi necesidad de sentir cosas, y ojalá que sintiendo pueda ayudar a erradicar la pobreza del Perú.

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